S03E02 "El cuento de la lechera"
Arquitecto técnico de castillos en el aire
Ey, hola.
Soy Miguel Escribano y estás leyendo Gritando al vacío, la newsletter que ahora comienza con una canción para que la escuches mientras lees.
Oh, wow. Esta nueva temporada viene llenita de novedades. Claramente el cáncer ha hecho madurar artísticamente a Miguel.
Efectivamente, gracias por comentarlo. En cierto modo de eso va esta carta.
Hace ya más de un mes que me senté a escribir la anterior entrega de aquesta humilde publicación contándote la movida y casi tres semanas desde que mi hematóloga dijo las palabras mágicas: remisión completa.
Ahora que estamos al otro lado del multiverso oncológico que planteé en ese texto, pasado el alborozo inicial, me toca salir de la cápsula temporal en la que he estado metido desde verano, retomar mi vida y hacer planes a futuro. Por consiguiente, también he de enfrentarme a un viejo problema bien conocido por todos mis allegados: mi tendencia innata a montarme unas películas de tres pares de cojones.
Fui un niño con una infancia, digamos, introspectiva, de modo que pasaba mucho tiempo fantaseando con el futuro, en concreto un futuro en el que fuese admirado por mis iguales. Traumas infantiles aparte, la facilidad para las ideaciones maximalistas pasó a ser algo inherente a mi persona y me ha acompañado en todos los ámbitos de mi vida. Desafortunadamente, la realidad no suele atender a razones de peso como mi encocada imaginación ni mis fantásticos problemas de ego, sobre todo si careces de herramientas básicas para gestionar conflictos, así que me he dado una notable cantidad de hostias a lo largo de los años, sentimentales, profesionales y subnormales.
Ir a terapia ha ayudado, por supuesto, y hoy en día dispongo de muchos más lazos con los que domar al potro aterrorizado que me habita, pero mala hierba nunca muere, así que continúo escenificando cada dos por tres el cuento de la lechera.
Para muestra un botón. En 2024, tras descubrir sorprendido que mi apuesta segura de dejar el trabajo para dedicarme al standup no había salido como esperaba, tomé la decisión de ahorrar durante un año, mudarme a Madrid en 2025, estudiar un máster de guion, conseguir trabajo en algún programa de la tele (easy peasy) y dedicarme al standup en paralelo. Por supuesto, no iba a estudiar en cualquier sitio, de modo que puse mis verdes ojillos en uno con una tasa de admisión bastante baja. El objetivo final: poder, de una vez por todas, dejar mi (hipotético) flamante trabajo de guionista y dedicarme en exclusiva a los escenarios. Mismo plan, muchos más pasos, cero fisuras.
Podríamos dejarlo ahí y ya tendrías claro que soy un tanto gilipollas, pero poco después ocurrió algo más: tuve una noche de pasión con una muchacha que conocí en Tinder.
[ Caras sorprendidas e incrédulas en el patio de butacas ]
No es sólo que fuese guapa y estuviese interesada en mi cuerpo, dos factores a los que doto de suma importancia, sino que también era lista, divertida y tenía tatuajes. Siendo como soy, un romántico empedernido y una bolsa de hormonas con patas, después de esa primera cita me pillé muchísimo.
[ Aparecen sonrisas de ternura entre el público ]
Pero nuestra incipiente historia de amor estaba amenazada por negras nubes en el horizonte que auguraban devenir en tormenta: yo planeaba mudarme y ella tenía hijos.
[ Los espectadores toman aire impactados ]
Sin embargo, yo no había de rendirme sin prestar batalla. Así pues, decidido e inasequible al desaliento, me dispuse, meses antes de que siquiera abriera el plazo de inscripción del máster, a apostarlo todo a esa relación y retornar de mi exilio castizo cada fin de semana que a ella no le tocaran los niños. E incluso si los hubiera y mi dama tuviera a bien hacerme partícipe del tiempo con ellos, qué diantres. No intentaría ser su padre, pues no soy un iluso, pero estaba dispuesto a estar ahí para ellos como compañero, amigo, y, quizás, mentor. Seríamos felices.
[ Una persona rompe el reposabrazos de la emoción ]
Lamentablemente, mientras todo esto pasaba en mi cabeza, ella me hizo ghosting y ya no nos volvimos a ver.
No soy la lechera del cuento. Soy el mismísimo presidente de Central Lechera Asturiana.
[ Algunos asistentes ríen, otros miran la hora en el móvil ]
Consecuentemente, a base de hacerme daño una y otra vez, he desarrollado una serie de mecanismos defensivos centrados en el fatalismo. Cada vez que se acerca algo que me hace ilusión o cuyo desenlace es importante, ya sea la consulta con los resultados del tratamiento o pedirle salir a una persona que me gusta, me convenzo de que va a pasar lo peor y me hago a la idea de que he vuelto a perder por anticipado. La parte buena de esta estrategia es que amortigua los golpes, la mala que es incapacitante y me bloquea a la hora de lanzarme a tomar ciertos riesgos emocionales.
Es una combinación curiosa. En mi cabeza vivo todo tipo de maravillas futuras, pero transito el mundo real con miedo al dolor.
Menudo bajón, hermano
Sin embargo, de vez en cuando la vida echa unas ramitas a los rescoldos de mis fantasías y resurge la hoguera de mi autoengaño. Y de eso es de lo que en realidad quería hablarte hoy.
El último año ha sido muchas cosas, buenas y malas, pero, por encima de todo, ha sido el periodo más creativamente fecundo de mi vida. Hace doce meses escribí y estrené mi primer show unipersonal de standup. Ahora mismo estoy trabajando en mi primer largometraje, en solitario, y mi primera serie de televisión, en pareja. En junio estarán terminados, la primera versión de muchas, al menos.
Que estas dos obras estén en proceso no es sorprendente, porque son obligatorias para aprobar el máster. Pero lo que no me esperaba era la recepción que tendrían. Aún pueden pasar mil cosas, podemos cagarla de formas que aún ni nos imaginamos, podemos acabar entregando productos mediocres y que nos den el título con asco y una patada en el culo. Puede salir mal. Pero, hasta el día de hoy, puedo contarte, orgulloso y confuso a partes iguales, que lo estamos haciendo bien. Muy bien.
Decidí dejar mi vida atrás para hacer este máster en concreto por tres motivos: el aprendizaje práctico, los compañeros y, lo más importante, los profesores. Nuestros tutores son guionistas profesionales veteranos. No sólo saben lo que hacen, sino que han sobrevivido en un sector del que la mayor parte se cae a los pocos años. Y el mensaje que he recibido desde el principio por parte de esos tutores sobre mi trabajo es que tiene el nivel. Que lo que escribo está a la altura, con tiempo, de llegar a verse en una pantalla. Que voy a ser guionista. Uno de ellos. Uno di noi.
Eso me da alas. Y me aterra. Pone a mi mente a bosquejar los planos de nuevos castillos flotantes y a mi cuerpo a prepararse para el inevitable derrumbe de los etéreos escombros.
Intento controlarme, pero no puedo evitar imaginarme el escenario de mi vida dentro de otros doce meses. Si todo lo que está en marcha sale medio bien, me estaré ganando la vida de escribir y actuar. Pero, si sale perfecto, si logro que mis proyectos sean seleccionados en los dos programas a los que aspiro… Bueno, creo que en ese caso me compraré una casa en el campo y una vaca.
Como dice Hanna en Girls:
“Creo que puedo ser la voz de mi generación. O al menos una voz. De una generación”
Y como dice mi hipotálamo:
“Cállate, que eres tontísimo. Vaya putísimo notas, chaval”
No sé. Ya se verá. Todo esto pasa por mantener una cadencia de trabajo que no he logrado nunca antes en mi vida, así que soy escéptico. Pero un chico puede soñar, ¿no?
Ah, y también me he comprado una barra de dominadas para mi diminuto piso, así que intentaré mazarme en el proceso. ¡Ah, y estoy tocando el piano a menudo! Jo, qué de cosas…
Bueno, que gracias por leerme, porque contigo empezó todo, como dijo aquel. Nos vemos en dos semanas.
Un beso.


