S03E04 "Dos semanas"
Una carta, dos canciones, tres emociones
Ey, hola.
Soy Miguel Escribano y estás leyendo Gritando al vacío.
Ahora es domingo por la mañana y aún no se ha enviado la anterior entrega. Me he planteado borrarla y escribir una diferente sobre lo que quiero hablar ahora, pero es que el gag de poner la canción de Cecilio G y titularla “Tercer cacho” sólo tiene sentido si es el tercer episodio. No se si comprendes mi difícil coyuntura.
El caso es que anoche fui a ver un concierto de Russian Red y me lo pasé sonriendo de principio a fin. Me devolvió de golpe y porrazo todísimas las ganas de subirme a un escenario. No, de subirme a un escenario, no. De crear un show digno de un escenario. De regalarle al público (bueno, a 35€ la entrada para estar de pie, no es exactamente regalar, pero ya me entiendes) una experiencia única e irrepetible en la que has trabajado durante meses. Íntima, personal, divertida, con sabor propio. Crear ese ambiente que sólo puede surgir de un garito donde, como dijo el cómico Antonio Castelo, “sabes que, si hay un incendio, moriremos todos”.
Coincide que la semana pasada fui a ver el espectáculo de la cómica Helena Pozuelo, “La hora mágica”, y salí igualmente ilusionado y flipado. Porque lo que hace ella es diferente al 99% de la comedia que ves cuando vas a open mics y shows de standup.
Tengo muchas ganas de crear algo para ti, que me lees y me conoces, y para esa pareja de Tinder que buscan algo rápido y relativamente barato en Atrápalo para justificar su cita antes de irse a follar. Y para cualquier otra persona que acabé de rebote delante de mí. Y que haya algo para todos vosotros, pero al mismo tiempo sea 100% yo.
No es un propósito fácil, te lo aseguro. Pero siento ilusión.
Ahora es viernes por la noche y pasado mañana recibirás esta newsletter. Me he tirado el día encerrado en casa trabajando durante el día del trabajador. A eso de las once estaba nervioso y he salido a dar un breve paseo por Lavapiés escuchando el último disco de Parquesvr. Así que ahora estoy melancólico.
También he comprado galletas en un paqui veinticuatro horas, porque es lo que los expertos recomiendan para acompañar la melancolía. O la alegría. O cualquier emoción. Seamos sinceros, he salido a la calle a comprar galletas. Lo del paseo ha sido un añadido. Pero la cuestión es que he transformado la ansiedad en melancolía e hidratos. El ciclo de la vida.
Tengo miedo a subir a un escenario. Lo cual puede sonar contradictorio, siendo que me he creado un calendario con todos los open mics de comedia de Madrid y me he inscrito a un slam de poesía, pero es que vivir es cabalgar contradicciones.
Temo no estar a la altura de mis expectativas. Me acongoja demostrarme otro iluso de provincias que se estampa con la realidad cultural de la capital. ¿Qué será de mi autoestima si resulta que, después de ser un pez mediocre en un charco pequeño, me convierto en planctón en el mar?

Me da especial pudor volver a recitar poesía. En concreto, poesía nueva. Nunca supe cómo se escribía un poema, pero hubo un breve periodo de tiempo en el que, al menos, tenía algo dentro que se cristalizaba en cadenas de palabras de alguna forma incognoscible.
De la última vez que pasó eso van a hacer ahora dos años. Tras escribir el último verso, entregué mi placa y mi bolígrafo, y me jubilé de mi carrera de poeta prácticamenta antes de que esta diera comienzo. Los motivos no vienen al caso porque, a pesar de lo que pueda parecer, esta publicación no es un compendio de mis dramas personales. Pero dejémoslo en que, como recita mi amigo Andrés, se me rompió la poesía de usarla.
¿Por qué volver ahora entonces? Sinceramente, no lo sé. Es algo que ha surgido en los últimos meses. Como un zumbido que ha logrado hacerse notar aún por encima de mis acúfenos. La misma pulsión kamikaze que siento por la comedia y que me arrastra a estrellarme contra un público de desconocidos para hacerles sentir, y que, en el calor de la colisión, me hagan sentir algo a mí.
Qué pedante. Igual sí que me acuerdo de cómo escribir mi poesía, después de todo. Quizás tampoco haya olvidado cómo hacer reír. Y a lo mejor todo lo que creía saber antes en realidad no eran más que muletas intelectuales con las que ir tirando, y ahora soy una persona más completa y evolucionada que hace uno o dos años. Porque así es la puta vida.
No lo sé.
Sólo sé que cada vez queda menos para terminar el máster y cumplir 30 años. Y eso por algún motivo es muy importante. Algunos días creo que será el momento más importante de mi vida. Seguramente no sea para tanto. Pero, como mínimo, será el puente entre dos etapas. Y a mi me flipa quemar puentes.
Es dos de mayo por la tarde y corrijo las últimas erratas de este texto. Vengo de tomar un café con una de las personas que más admiro. Alguien que me acompañaba a diario mucho antes de conocernos. Y ahora es un colega con el que charlo un par de veces al año.
Qué curiosa es la vida. Es hermoso ver y ser visto por tus iguales. Sentir que existes dentro del mundillo que observabas desde fuera. Que van pasando cosas. Que van a pasar más.
Nos vemos en dos semanas.
Un abrazo.

